05. Proponer y rechazar argumentos disyuntivos y dilemas
5.C. Cómo atacar argumentos disyuntivos y dilemas
Los requisitos que pedíamos antes para elaborar una disyuntiva o un dilema nos permitirán ahora buscar los puntos débiles de nuestro oponente. Aprovechando los paralelismos entre ambas estructuras argumentativas, vamos a comenzar presentando las líneas de ataque comunes frente a las dos. Tenemos dos posibilidades:
- Demostrar que es falsa la dicotomía que nos proponen en la primera premisa.
- Demostrar que son falsas las otras premisas intermedias.

1º. Podemos demostrar que estamos ante una falacia de la falsa disyuntiva o del falso dilema mediante dos procedimientos:
a) Mostrando que la disyuntiva o el dilema están incompletos. Su primera premisa no muestra de forma exhaustiva todas las alternativas posibles, con lo cual, no conseguirá forzarnos a elegir una de ellas. Así, cabe la posibilidad de encontrar otras opciones (“la novia no llega a la boda porque se arrepintió o porque nunca había querido al novio”, “Hombre, no, o porque ha tenido un accidente de coche, o hay un atasco monumental en la M30 o la han secuestrado unos misteriosos sicarios…”, o este otro ejemplo humorístico: “Doctor, ¿usted cree que a mis ochenta años hacer el amor todas las noches es bueno o es malo? Eso no es ni bueno ni malo, eso es mentira”). Por otra parte, también podemos mostrar que entre los dos pretendidos extremos existe algún punto intermedio, como ocurre con el gris, entre el blanco y el negro.
Habitualmente, las personas de mentalidad radical y fundamentalista suelen presentar sus posturas mediante disyuntivas extremas, que buscan atenazar al interlocutor: “o estás conmigo o estás contra mí”. Pero para lograrlo, deben simplificar la realidad, olvidándose de los matices, de los detalles y posibilidades que habitan entre ambos extremos: “O los catalanes se separan de España o que se integren totalmente en nuestra nación”, “O estás contra el aborto o estás contra el derecho a la vida”, “No tienes elección: o te conviertes a nuestra religión o te vas de nuestro país”…
b) Mostrando que los miembros de la disyuntiva o dilema no son excluyentes entre sí, que no existe la pretendida incompatibilidad, porque los pretendidos extremos se pueden compatibilizar (“O te gustan los Beatles o te gustan los Rolling Stones”, “Pues a mí me gustan los dos”). Si ambas opciones pueden ocurrir a la vez o ambas pueden ser falsas a la vez (“ni me gustan los Beatles ni me gustan los Rolling Stones”), entonces la incompatibilidad que nos obligaba a elegir uno de los dos se desvanece.
2º. Puede que las premisas intermedias sean falsas. En el caso de la disyuntiva, debemos probar que nuestro oponente se equivoca cuando afirma que esta opción es falsa o que la otra es verdadera. En tal caso, estaremos dando por buena la disyuntiva inicial, pero lucharemos contra el miembro escogido a continuación (bien porque este no es tan pretendidamente bueno o su contrario no es tan malo o falso como se piensa).
En el caso del dilema, los pasos intermedios consisten en enunciados condicionales, porque decimos: tanto si ocurre A como si ocurre B la consecuencia será negativa. El esquema era, como vimos, “Si A, entonces X” y “Si B entonces, Y” (y sabemos que a veces, X e Y son lo mismo). Para resolver estas debemos revisar los siguientes apartados: Argumentos causales, argumentos condicionales y falacias formales. Por ejemplo: “O legalizamos las drogas o las perseguimos con dureza. Si legalizamos las drogas, su consumo se extenderá de forma masiva”. “Esto es falso, en algunos países se han legalizado y su consumo sigue igual que antes, con la prohibición”).
Otras formas de enfrentarse a un dilema
A las críticas expuestas más arriba, podemos añadir otros dos modos de reacción para el caso concreto de los dilemas: escoger el mal menor y retorcer el dilema contra nuestro oponente.
En el primer caso, hacemos un cálculo de las consecuencias de ambos cuernos del dilema y decidimos aceptar una de las opciones, considerando que es un mal menor. “Señor Fernández, o le cortamos la pierna o la gangrena se extenderá por todo el cuerpo”, “Doctor, no se lo piense: corte por lo sano.” En cierto modo, al tomar esta salida estamos negando que el dilema fuera irresoluble o, al menos, mostramos que uno de sus cuernos es menos funesto que el otro. Sacrificamos a nuestro alfil, sí, pero al menos hemos salvado a nuestra reina.
En el segundo caso, la retorsión (que vemos más detenidamente y de forma más específica en otro apartado) lo que intentamos es volver contra nuestro oponente su propio argumento: admitimos su dicotomía (1ª premisa), pero le damos la vuelta a las supuestas consecuencias de cada uno de los miembros. Veamos esta brillante y efectista estrategia en acción, a través del famoso y antiguo ejemplo de Corax y Tisias: el afamado retórico Corax aceptó enseñar al joven Tisias el arte de la abogacía y le dijo que no tendría que pagarle por sus enseñanzas hasta que ganara su primer pleito (en el caso contrario, si perdía Tisias ese juicio, no tendría que pagarle nada a Corax, pues se demostraría la inutilidad de sus enseñanzas). Como Tisias no quería tener que soltar la pasta, se le ocurrió no aceptar ningún juicio, así ni ganaría ni perdería nunca. Pero el astuto Corax demandó a Tisias ante la justicia, esperando así acorralarle entre los cuernos de un brillante dilema:
Corax y Tisias
Afirmó Corax: “O ganas este pleito, o lo pierdes. Si lo pierdes, deberás pagarme, por sentencia del juez. Y si lo ganas, deberás pagarme igualmente, porque habrás ganado tu primer pleito. Será, además, la mejor prueba de lo bien que te he enseñado. En cualquier caso, habrás de pagar”.
Pero respondió Tisias: “O gano este pleito, o lo pierdo (igual premisa primera). Si lo gano, no deberé pagarte, en virtud de la sentencia absolutoria. Y si lo pierdo, tampoco deberé pagarte, porque todavía no habré ganado ningún pleito (recuerda nuestro trato). Por lo demás, quedará en evidencia que no me has instruido bien. En ninguno de los dos casos, entonces, tendré que pagar”.
Por tanto, para elaborar nuestro ataque por retorsión, debemos admitir el dilema en sí (A o B) y concentrarnos en las premisas intermedias, aquéllas que tienen forma de condicional (si A → X y si B → Y), para tratar de darles la vuelta y mostrar a nuestro sorprendido oponente que, partiendo de sus mismos supuestos se puede llegar justo a la conclusión contraria (si A → Y y si B → X).
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